En el Día Internacional de las Personas Cuidadoras, Patricie y Melania comparten cómo un proyecto de Farmamundi en Zaragoza les ha ayudado a cuidar su salud física y emocional.
«Cuando trabajamos con personas mayores buscamos todas las herramientas para mejorarles la calidad de vida, pero a nosotras mismas a veces nos hacemos a un lado». Patricie conoce bien ese desequilibrio. Llegó a España hace casi dos años para trabajar como cuidadora de un hombre mayor en Almazán, Soria. Desde abril vive en Zaragoza. Las jornadas exigentes, las situaciones de trato difícil y el estrés acumulado forman parte de una experiencia laboral que, en ocasiones, le ha hecho sentir que ya no podía más.
Su testimonio refleja una realidad que merece especial atención este 5 de noviembre, Día Internacional de las Personas Cuidadoras. Detrás del bienestar de miles de personas mayores o en situación de dependencia está el trabajo diario de quienes las atienden. Una labor imprescindible para la sociedad, pero cuyo desgaste físico y emocional no siempre recibe la misma atención.
En España, las mujeres representan el 95,5 % de las personas empleadas en el trabajo doméstico, según datos del INE de 2025 recogidos por el Ministerio de Igualdad. Muchas son mujeres migrantes que, además de las exigencias propias de su profesión, afrontan dificultades relacionadas con sus condiciones laborales y su situación personal.
Aprender a cuidarse cuando el trabajo ocupa tanto espacio
El cansancio llevó a Patricie a participar en el proyecto Promoviendo la salud integral en colectivos de mujeres migrantes, que Farmamundi desarrolla en Aragón junto a la Asociación Trabajadoras del Hogar y Cuidados de Zaragoza y que actualmente se encuentra en su segunda fase.
La iniciativa busca mejorar la salud física, mental y emocional de mujeres migrantes en situación de vulnerabilidad, muchas de ellas trabajadoras del hogar y cuidadoras mediante encuentros de aprendizaje, sesiones de yoga y herramientas prácticas de autocuidado.
«Lo vi como una oportunidad de conocer herramientas, de aprender mejor cómo es el autocuidado y cómo gestionar mis emociones», explica Patricie. Durante los encuentros encontró un ambiente en el que hablar de sí misma sin temor a ser juzgada. «Aprendí a ser yo misma, a poder expresarme abiertamente, sin el peso del qué dirán. Saber que estaba en un espacio seguro».
Compartir sus vivencias con otras compañeras y cuidadoras le permitió reconocerse en historias diferentes a la suya. «Entendí que no es solamente una la que ha tenido historias difíciles. Todas tenemos pedacitos de historias difíciles», recuerda. Para ella, poder hablar abiertamente de su pasado y reconciliarse con parte de su historia ha sido uno de los aprendizajes más importantes.
«Veníamos cargadas y salíamos livianas»
Melania, otra de las participantes, recuerda la sensación con la que llegaban a cada sesión. «Veníamos cargadas, cargadas de la rutina del día a día». Sin embargo, durante los encuentros algo cambiaba. «Nos conectábamos con nosotras mismas y salíamos livianas. Ese sentimiento de liviandad después de cada encuentro se sentía, una podía sentirlo».
Para ella, uno de los descubrimientos más útiles llegó durante una clase de yoga. Había escuchado muchas veces que respirar profundamente ayudaba a controlar la ansiedad, pero, cuando intentaba hacerlo, no obtenía el resultado esperado. «Trataba de respirar y nada. Me frustraba, y hasta me sentía peor».
La profesora utilizó una imagen que Melania todavía recuerda: cuando la mente está acelerada por las preocupaciones, se parece a un tren que circula a mil por hora. No se puede detener de golpe. Primero hay que reducir la velocidad.
Así comprendió por qué le resultaba más útil comenzar moviendo el cuerpo, caminando o liberando tensión antes de intentar relajarse mediante la respiración. «Las emociones no se pueden manejar así, de golpe; hay que ir poco a poco. Lo he puesto en práctica y me ha funcionado».
Cuidar a quienes cuidan también es una responsabilidad colectiva
Patricie también ha incorporado pequeñas prácticas a su rutina. Entre ellas destaca la autoobservación: «Aprender a reconocer lo que siento, hacer una pausa, respirar y preguntarme qué necesito antes de reaccionar».
Ambas coinciden en que el aprendizaje individual es solo una parte de la experiencia. Encontrarse con otras mujeres, compartir preocupaciones y sentirse escuchadas ha resultado igualmente valioso. «Nos brindan la posibilidad de ser escuchadas, comprendidas; nos dan herramientas, nos hacen sentir apoyadas y nos recuerdan que también tenemos derecho a ser cuidadas», explica Patricie.
Sus experiencias muestran la importancia de crear espacios comunitarios de salud donde las trabajadoras del hogar y cuidadoras puedan reconocer sus necesidades y fortalecer sus redes de apoyo. Pero el autocuidado no puede convertirse en una responsabilidad que recaiga exclusivamente sobre ellas. Garantizar su bienestar exige también reconocimiento profesional, derechos laborales, descanso y protección social.
A pocas semanas del cierre de esta segunda fase del proyecto, previsto para diciembre, las participantes ya identifican cambios en su manera de relacionarse consigo mismas. Patricie espera que sigan existiendo oportunidades de encuentro como esta, «porque el apoyo entre mujeres es muy valioso». Melania resume su aprendizaje con una frase sencilla: «Desconectarme del mundo para conectarme conmigo misma».
Puedes leer los testimonios completos de Patricie y Melania en el blog del proyecto.
El proyecto «Promoviendo la salud integral en colectivos de mujeres migrantes en riesgo de exclusión social a través de la generación de hábitos de vida saludables. Fase II» está desarrollado por Farmamundi con financiación del Gobierno de Aragón, a través de la convocatoria de 2025 del 0,7 % del IRPF.

